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martes, 18 de mayo de 2010

Perfecta -sí claro-

Tal vez sea esa pequeña hendidura en la silueta del metatarso del pulgar de tu pie derecho, que cambia tu punto de gravedad y te hace andar más grácil que cualquiera. O el leve gigantismo que presenta tu hipotálamo y que convierte tu cerebro en un campo de batalla, donde las hormonas se masacran repartiendo en el tiempo su hegemonía. Tal vez sea que tu córnea sea ligeramente más cóncava, y no que haya un dios o un duende prendiendo fuego a tu mirada. Tal vez haya que atribuir a una pequeña desnutrición que te causó un cólico en la infancia, el tacto hendido que tiene tu cuello cuando está apunto de acabarse. Tal vez, un mal caramelo hizo caer antes de tiempo tu incisivo izquierdo y ahora su remplazo diverge del resto cautivándome siempre que me hablas. Tal vez sea cierto que te construyen unas capas similares a cualquiera: una dermis mediocre, unos músculos mediocres, unos pulmones del montón y un corazón tan propenso a taquicardias como cualquiera -si no más-. Tal vez sea cierto que embuchada en un vestido no seas más que otro relleno más en un polvorón de envoltorio dorado. Tal vez sea mi cabeza quien te piensa recubierta de virtudes. Tal vez las capas que visten tu mediocridad no proceden de tu genética, o los accidentes que conforman tu vida. Tal vez seas tan perfecta, porque yo choqué con aquella piedra cuando tenía 11 años y me golpeé en aquel punto la cabeza. O porque mi piel rozó el calzón a la altura del glande cuando nos presentaron.
O tal vez seas perfecta, porque eres simplemente la mejor. Y eso lo odio, porque quiero que seas perfecta, pero odio que seas la mejor.

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